
El sol alumbra cada mañana pero a pesar de eso está nublado. Nublado de ser, de ver, de no sentir. Nublado de dolor, de la incógnita del yo no sé, de la belleza que esconde el misterio del saber. Es una belleza misteriosa que todavía no sabe que esconde tal presiosura. El dolor cada vez llena un espacio, el zespacio de los corazónes frágiles, inmaduros, sin heridas que curar. Las heridas que pronto se convertiran en rayos de luz. Estos rayos de luz que pronto poseeran nuestro interior. El interior todavía esta nublado, pero los rayos de sol son vitamina para el alma eliminan la tristeza y se alimentan de alegría. La nube nunca desaparecerá, nunca morirá, no la dejamos morir, por el simple echo que la queremos tener para guardar el mismo misterio, el misterio de la luz. ¿Cuándo vendrá, cuándo será, cuándo será el día en que la nube ya no será nube? La nube se convertira en el rayo de luz que tanto ambicionamos en estos tiempos. El peso de la nube ya no será un peso, será una unión, la unión espiritual que tal vez no todo ser humano apetece, pero siempre la necesita; es la comida del alma, es la grandeza que algún día todos sabemos que podemos tener. El simple echo del fracaso nos hace dudar diariamente, batallar contra todos esos demonios que se tienen dentro. La constante batalla, día a día...noche a noche, aunque nuestro interior esté demolido, el alma siempre está en posición de lucha. La lucha contra todos aquellos seres malvados que viven a nuestro lado, día a día, noche a noche. El brillo de la luz tendremos que buscar, la eterna búsqueda de un alma en duelo, de un alma que cree estar debatida cuando su historia apenas comienza...
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