
¿Cómo se puede explicar? ¿Cómo estar y al mismo tiempo no estar? Es una batalla perdida, pero mil más ganadas. Un espacio en el que se pierde la noción de lo bueno y lo malo, lo correcto, lo incorrecto. La demencia temporal que este sentimiento provoca es indiscutiblemente la menos querida pero la más anhelada por cualquier ser humano. Cuánto lo soñamos, cuánto lo anhelamos, cuánto lo esperamos para que en un mínimo chispazo del abrir y cerrar los ojos todo desaparezca. Desaparezca y se vaya de nuestras vidas como que si nunca hubiese existido, como que si las horas vividas, las sonrisas repartidas y los dulces abrazos compartidos no tuviesen dueño, se quedaran como los huérfanos sin padres; olvidados, vagabundeando por la mente. Los momentos, esos momentos que encierran una felicidad tremenda que cualquiera de las barbaridades en el mundo serían un pequeño grano de arena, abatidas por tanta irradiación de luz que esta tal alegría trae a nuestros corazones. La vida es sumamente corta para tener que pensar un día más, para tener que sufrir otro día de la bulliciosa mente atrapada en un pasado que nunca regresará. No querer salir de esta demencia porque es un tanto adictiva, es algo inesperado, es la resonancia del pasado todavía no olvidado, la esperanza de un futuro lleno de alegría, con un rayo de luz que va a ser guía de nuestro corazón desesperado. Algo inexplicable que cambia sin razón, como los vientos con sus rumbos inquietos que dejan el alma llena de confusión.
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