Una vez mas, la noche se regocija de mis ojos abiertos, ojos que no pueden cerrarse ni voltear la mirada. Los ojos que me dicen que me esta viendo, mirada de culpa, mirada centrada, mirada cobarde. Intuición demente, que lleva al instante donde nos perdimos. Un laberinto intocable del cual no se puede salir sin mirar atrás. Voltear a ver es la razón por la cual se culpan esas miradas cobardes. Una milésima de segundo que significó una noche burlada por muchas otras ya enterradas. La obscuridad de la noche no oculta la claridad de esa mirada. La mirada más cobarde e insignificante de todas. El rayo de luz por el cual la verdad no puede salir, salir sin mirar. Mirar sin sentir el reflejo de lo que alguna vez fue, es un echo que se torna cada vez mas inalcanzabel e inagotable. Contando las escasas estrellas que alguna vez iluminaron el camino de la verdad, se creía que era el paso del caminante verdadero. A la luz de la luna se acerca a encontrar lo terrible, lo inevitable y lo surreal que llevaba a la infidelidad. Una infidelidad que casa con la realidad y se torna en su amada felicidad. Cuantas noches en vela ahogadas en un rencor tan fácil de dejar, pero tan difícil de olvidar. Los ojos se cierran, no miran más, nunca mirarán a aquél cobarde que arranca miradas y reparte corazónes por docena.
Jamás será esa mirada la culpable de estas noches eternas que se tornan en ojos cansados, tristes, desamorados. Jamás será culpable. Jámás.